El Arquitecto

El cristal no cedió a la primera, los dedos le resbalaban, las manos hacía tiempo que ya no le obedecían. El viejo levantó el borde con la palma, el cristal se deslizó a un lado, y debajo había dos botones. El rojo ya hundido, el azul sin tocar. No se sentó, sabía que si se sentaba ya no volvería a levantarse. Así que siguió de pie, apoyado en el borde de la consola, mirando el botón azul desde arriba.

El aire solo le llegaba hasta la mitad del pecho y no pasaba de ahí. El corazón se le aceleraba, luego se le caía a alguna parte del todo, y en esos huecos por los bordes de la vista se le metía algo gris. Noventa y uno tenía, puede que noventa y tres. Hacía mucho que había dejado de contar. De todos modos no llegaría al próximo invierno, no hay nada que contar.

Acercó el dedo al botón y lo retiró. Lo acercó y lo retiró. El dedo no bajaba, y punto.

El pez se lo había comido hacía dos semanas. El último, del acuario. Todavía se agitaba cuando se lo comió. O lo había soñado. Últimamente ya no siempre distinguía dónde estaba el sueño. El acuario seguía vacío, su luz aún funcionaba y zumbaba bajito, en el fondo quedaba un poco de agua. Dentro de estas paredes ya no respiraba nada más. Solo él.

El azul lo había pulsado tres veces en su vida. El rojo no lo contaba. El rojo era fácil, el rojo era solo «no, esto no, quítalo». Pero el azul le preguntaba lo mismo cada vez, y cada vez no sabía qué responder.

Pulsarlo se lo había dejado su padre. Mejor dicho, no se lo enseñó, dejó una grabación. El viejo aún la tenía en la pantalla del fondo, a veces la ponía en bucle. No por las palabras, las palabras se las sabía de memoria, sino para ver la cara. El padre de la grabación era más joven de lo que el viejo se recordaba a sí mismo, y hablaba deprisa, como si tuviera prisa por ir a alguna parte.

Arriba no quedaba nada, decía el padre. Todo lo que respiraba ya no respira. Somos los últimos que lo vimos con nuestros ojos.

Luego venía la parte del protocolo: el rojo borra, el azul vuelve a empezar, el sistema te obedecerá a los dieciocho, antes no, no lo intentes.

Después el padre se levantaba y salía del cuadro. Aquella vez subió arriba a comprobar él mismo si de verdad estaba vacío, y nunca volvió a entrar en el cuadro. Esa parte el viejo no la rebobinaba nunca. Solo esperaba a que la grabación llegara sola a la silla vacía, y la apagaba.

Su familia ahora era así: una silla vacía en una grabación y unas cuantas caras que temía olvidar, por eso de vez en cuando decía sus nombres en voz alta, comprobando que no los había confundido. Al pez también lo llamaba por un nombre, el nombre de su hermana, aunque si era una hermana ya no podía asegurarlo.

La primera vez lo pulsó a los dieciocho, aunque se moría de ganas ya a los catorce. Para entonces ya entendía para qué estaba allí, corría a la consola y la aporreaba, pero el sistema no lo aceptaba. A los menores no.

Se iba entonces a los monitores y miraba aquel mundo al otro lado del muro. El mundo lo recordaba mal, ni siquiera sabía si los recuerdos eran reales o soñados en la infancia.

A los dieciocho el sistema aceptó. Arrancó el programa principal, el páramo empezó a cubrirse de vida. La primera oleada. Aquella vez se pasó varios días ante las pantallas, sin moverse.

Un año después, el mismo día, lo pulsó por segunda vez. Le pareció que todo se había parado, que el programa se había apagado y que nada crecía. Hizo lo que decía el protocolo: el rojo borró, el azul levantó la de reserva.

La de reserva subió enseguida, no hubo que esperar. Extremadamente agresiva, con especies parásitas de evolución rápida. Los bichos cambiaban sobre la marcha, de la noche a la mañana eran otros y adoptaban unas formas tan repugnantes que el viejo apartaba la vista de la pantalla. Y aun así lo pulsó. No lo pensó mucho: rojo, luego azul, por tercera vez.

El tercer mundo fue el que más tiempo mantuvo.

Al principio allí había calma. Del páramo brotaba el verde, los bichos no se despedazaban, se miraban, se acomodaban. El viejo conocía en aquel mundo cada hondonada y cada manada, pasaba años ante las pantallas y en aquellos años dormía tranquilo, cosa que no le pasó ni antes ni después.

Así pasaron cincuenta años, puede que sesenta.

Y luego, como siempre. Una especie resultó un poco más rápida que las demás, se extendió, desplazó a las otras, se rehízo a su medida las hondonadas que él aún recordaba peladas.

Por muchas veces que apretara aquellos botones, al final siempre salía una especie que dominaba el ecosistema local y sometía a todas las demás.

Y hacia el final empezaron a levantar la cabeza hacia arriba, hacia las montañas, hacia su montaña. Una cámara al pie los captó una vez en la mismísima boca de la cueva. Estaban de pie y miraban directo al objetivo, directo a él.

Esta mañana recorrió aquel mundo con los ojos una última vez y cubrió el rojo con la palma.

Borrado.

Todas aquellas imágenes que había atesorado durante décadas, miles de cámaras — todo a cero de golpe.

Y allí estaba otra vez, sobre el azul. El dedo levantado y sin bajar.

El rojo ya estaba hecho, no había vuelta atrás. Solo quedaba arrancar el siguiente. Cuál sale, no lo elige él. No le toca a él decidir cuál.

Quería mariposas.

Se acordaba solo de las mariposas. De niño pequeño las perseguía por un prado, cuando la civilización aún estaba en su máximo apogeo. Eso fue antes de la cueva, antes del padre, antes de todo.

Si en el mundo nuevo volvían a aparecer mariposas, pensaba, entonces había salido bien.

Solo que en vez de mariposas salía cada vez el que sometía a los demás.

El dedo le colgaba sobre el azul.

¿Y si este mundo no merecía en absoluto que se volviera a empezar?

De ese pensamiento le dio vueltas la cabeza. Soltó un gemido y se desplomó sobre el botón azul, agarrando con fuerza el cristal protector con ambas manos.

El pequeño Q se asomó con cuidado desde la concha. Propia aún no tenía, era la concha de su madre, pero hoy eso no le preocupaba en absoluto. El sol calentaba más fuerte que de costumbre, en el lago había comida de sobra, y de la montaña de al lado volvían a zumbar las máquinas — despertaba un nuevo programa de renacimiento.